Lo mejor está por llegar

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Jesús Botello es un entrenador, escritor y analista deportivo destacado, conocido por sus publicaciones en el ámbito del fútbol, especialmente en temas de análisis táctico, scouting y liderazgo. Sus obras son valoradas por su profundidad, claridad y aplicabilidad práctica, siendo utilizadas tanto por profesionales del deporte como por aficionados interesados en una comprensión más profunda del juego. Ha realizado contribuciones significativas al análisis táctico, scouting y liderazgo en el fútbol a través de sus libros y artículos. Su capacidad para desglosar y explicar conceptos complejos de manera accesible y práctica ha hecho de sus obras recursos imprescindibles para profesionales y aficionados del fútbol. Su impacto en la educación y formación de entrenadores, scouts y líderes continúa siendo profundo y duradero. Jesús Botello ha popularizado el término "Caos Organizado" en el ámbito del fútbol. Este concepto se refiere a una estrategia táctica en la que un equipo aparenta desorden, pero en realidad sigue un plan meticulosamente elaborado para desorientar al oponente y aprovechar los espacios y oportunidades de manera efectiva.

martes, 2 de marzo de 2010

DISFRUTAR ES LO MÁS IMPORTANTE

El portero que sólo quiere disfrutar

César brilla en el Valencia a los 38 años por su aprendizaje continuo y su ilusión

CAYETANO ROS - Valencia - 02/03/2010
 César se queja al árbitro Pérez Burrull
El secreto de César Sánchez (Coria, Cáceres, 1971) es que compite con la ilusión de un niño al que le permiten jugar unas semanas más con la élite. Quizá unos meses y, por qué no, un par de años. Ése es el karma que interiorizó César cuando llegó al Valencia en diciembre de 2009, procedente del Tottenham, donde pasó cinco meses y apenas disputó tres partidos. Pero recuperó la inocencia de los primeros años en el Valladolid, cuando debutó en 1992 frente al Barça de Johan Cruyff en Zorrilla (0-6). Han pasado 18 años, cinco en el Madrid y tres en el Zaragoza, y César sigue estirando su carrera hasta alcanzar la excelencia, como el domingo en el Calderón ante el Atlético, parando un aluvión de remates que no evitaron un 4-1 marcado por las expulsiones de Marchena y Miguel. Y la ira de César, colérico con el árbitro, Pérez Burrull, por detener el encuentro tras recibir un empujón de Assunção para que consultara con el cuarto árbitro, que decretó el penalti y la expulsión de Marchena. A Pérez Burrull el Comité Técnico de Árbitros le sustituyó ayer por Mejuto González para el Osasuna-Getafe del domingo. Y César, que vio la quinta tarjeta amarilla, se une a la larga lista de bajas para el Valencia-Racing del lunes en Mestalla: Marchena, Miguel y Banega por sanción; Albelda, Mathieu y Bruno por lesión.
    César cobra un sueldo de unos 600.000 euros brutos, que, sin embargo, aumentan exponencialmente a medida que va disputando partidos. Ya lleva 29, el penúltimo en la Liga Europa, frente al Brujas, arrebatándole también en esa competición la titularidad a Moyà tras un fallo de éste en el campo belga. Moyà, el fichaje más caro del pasado verano para el Valencia, que pagó cinco millones al Mallorca, fue una apuesta del entrenador, Unai Emery.
    "César juega sin preocupaciones. Disfruta y por eso desprende tanta ilusión", dice Fernando Gómez, director deportivo del Valencia, sorprendido por el rendimiento del guardameta al que fueron a buscar al Tottenham para que cubriera temporalmente la lesión del arquero titular, el brasileño Renan, cedido ahora en el Xerez.
    "A mí no me sorprende. Es el único portero que le disputó el puesto a Casillas", tercia el mediocentro Albelda, quien, a los 32 años, coincide con César en una fase final de su carrera que resume así: "Después de haber sufrido muchos desengaños, lo que quieres es disfrutar. Quieres ganar, claro, pero sobre todo disfrutar, y asumes mejor las derrotas".
    César pasó un mal trago en su última fase en el Zaragoza, la del descenso, y también en el adiós al Real Madrid, engullido por un duelo mediático con Casillas. Ahora es un hombre pegado al teléfono móvil, convertido casi en un apéndice más de su cuerpo: habla, ve películas... Su mejor amigo en la caseta es Zigic. No es un líder, condición de Villa, Albelda y Marchena, pero le gusta crear ambientes positivos en el vestuario.
    "Cuando llega el final de la carrera hay jugadores que lo asumen y otros que se sobreponen y mejoran. Es el caso de César", explica Pako Aiestaran, preparador físico del Valencia. "A un jugador lo retiran tres cosas: la falta de ilusión, que le hace descuidarse; una lesión; o la pérdida de fuerza. César mantiene la ilusión". "Cuando uno se hace veterano", prosigue Aiestaran, "solicita mucho más de los preparadores. Y él ha encontrado la persona adecuada: Otxotorena [José Manuel, preparador de porteros del Valencia y de la selección]. Una referencia en conocimientos y capacidad que le ha hecho aprender aspectos de los que no se había percatado". "Ha mejorado el uno contra uno, tanto en la percepción como en cómo atacarlo", descifra Otxotorena, "y en las posiciones corporales en la portería y fuera de ella". Pero lo más importante, subraya Otxotorena, no es eso, sino la predisposición al trabajo constante, la autocrítica y la ilusión de "un crío de 20 años".

    martes, 9 de febrero de 2010

    DAVID TRUEBA El entrenador


    David Trueba, entre otras muchas cosas, es el autor de la novela SABER PERDER, ganadora de múltiples premios y libro recomendado por Guardiola a su plantilla la pasada temporada.

    Hace años que quiero hacer una película en torno a la figura del entrenador. El primer destello nació en una ocasión en que fui a dar una conferencia a una ciudad de provincias y me llevaron a un restaurante. En la mesa del fondo reconocí a un antiguo jugador, no demasiado famoso, que entonces era entrenador del equipo local de Segunda División. El equipo pasaba por problemas y nadie sabía si el entrenador duraría mucho en el banquillo. Lo que me fascinó fue mirarlo. Estaba solo, comiendo con parsimonia un guiso casero y tomando una cerveza, en chándal, con un reloj de oro y con gesto ensimismado. Me pareció la estampa perfecta de la soledad.

    Desde entonces los entrenadores atraen mi atención. Puede que, al verlos en esa posición de privilegio, dando órdenes a los jugadores, con esa supuesta autoridad sobre el entorno, mucha gente tenga la falsa sensación de que son tipos a los que envidiar. Pero yo siempre pienso en lo solos que están. Han adquirido la madurez que a los jugadores en activo les falta, ellos ya pueden ver el deporte desde una perspectiva más sabia, más calmada, más completa. Sufren como nadie la velocidad del juego. Ésa que hace que Guti esté muerto y enterrado un día y sea un genio imprescindible siete tardes después. No hay tiempo, la vaca está sobreordeñada con partidos a todas horas, así que la formación de los jugadores tiene que condensarse en los quince días de pretemporada y en las correcciones a cada partido concreto. Es algo así como dar clase subido a la montaña rusa.
    Las relaciones con los equipos directivos no son fáciles. Los entrenadores son siempre una apuesta a ciegas y, más aún, en España, donde la paciencia dura siete partidos. Sería impensable disfrutar aquí del sistema británico, donde un entrenador se pasa la vida en el banquillo de su equipo, transmitiendo a los jugadores y a la afición una certeza casi inamovible. Aquí el presidente siempre tiene cara de estarse preguntando: ¿me habré equivocado contratando a este tipo? Luego, en una especie de juego teatral, en el campo, el jugador es la pieza fundamental y el entrenador sólo el espectador con mejor asiento o, mejor dicho, el más cercano al césped. La suerte como entrenador está depositada en ellos y si las cosas no salen bien los marineros hundirán el barco sin que el capitán pueda hacer otra cosa que esperar la patada que lo mandará a los tiburones.
    Puede que no todos los españoles llevemos un jugador dentro, que nos sintamos un poco disminuidos ante Messi o Raúl, pero no existe español que no lleve un entrenador resolutivo, fiable y drástico metido en sus zapatos. Todos sabemos lo que hay que hacer, como esos padres que van a ver el partido del chaval y se ceban con el entrenador de su hijo porque no es capaz de sacarle el potencial que él sabe que el niño tiene porque lo ha visto a la hora de la merienda.
    El entrenador llega a una ciudad desconocida con su familia, escolariza a sus hijos, convence a la mujer de que cualquier infumable pueblucho es tan disfrutable como Nueva York. Me imagino los domingos a la noche cuando llega a casa tras la derrota y se mete un pastillazo para poder dormir. Cuando los familiares se fatigan de ceses y cambio de residencias y colegios, le dejan ir solo a su nuevo empleo y el entrenador ocupa un hotel o un apartamentito y se pasa las horas libres colgado del teléfono, diciéndole a su niña que apriete en los exámenes mientras en el vídeo repasa el partido que perdieron el domingo sin que le parezca tan dramático el mal juego de los suyos. A los entrenadores se les va poniendo una cara amostazada con el tiempo y, por mucho buen carácter o entrega de profesor de colegio que tengan, no es raro verlos en algún casinillo local o con la nariz roja y las venillas coloradas y no precisamente por el frío. Desarrollan con su segundo y a veces con su preparador físico una especie de relación cómplice y rutinaria que se parece más a la serie Matrimoniadas que a un éxtasis deportivo.
    El entrenador termina por ser alguien que sabe mucho de un juego al que no puede jugar. Sólo la capacidad de resistencia a la frustración y el placer del juego y el buen sueldo le harán seguir a lomos de la montaña rusa, aguardando el día en que por fin le toque un partido histórico, pero incluso ese día no olvida que los protagonistas son otros. Y con la maleta siempre hecha para cuando llega la tarde en que el presidente o el hijo del presidente o un vocal de la junta con más arrestos le enseña la puerta de salida con gesto alicaído. Y llega la mañana, a veces no demasiado lejana de aquella otra en que se presentó a la plantilla cargado de esperanzas, en la que se despide de alguno de los jugadores con un apretón de manos o de los otros sacándose un puñal de la espalda. Y ese tipo adusto y serio vuelve a ponerse en el camino hacia ninguna parte, donde tan magistralmente situó el añorado Fernán Gómez a nuestros cómicos de la legua.