ANÁLISIS: Internacional EL CÓRNER INGLÉS
JOHN CARLIN 14/03/2010
- "Cuando tenía 14 años, mi padre era un ignorante... Cuando cumplí 21, me asombró lo mucho que había aprendido en siete años".-Mark Twain
Los jugadores de fútbol son unos niños. Como en el colegio, algunos son más maduros que otros, pero no dejan de ser niños. Les endiosamos. Nos desvivimos por conseguir sus autógrafos o hacernos fotos con ellos (porque nosotros también revertimos a la infancia cuando entramos en planeta fútbol), pero no dejan de ser niños. Fíjense en Zinedine Zidane, que en su momento de máxima veteranía cometió la imperdonable chiquillada de dar un cabezazo a un rival, como si de una pelea de patio se tratara, en la final de la Copa del Mundo, garantizando que su equipo se quedara con diez.
Y eso que Zidane es de los menos complicaditos que andan por ahí. Fue, y es, un hombre de familia. A muchos jugadores más la combinación de fama y dinero les hace caer en la tentación de creerse realmente que son seres superiores, de convertirse en pequeños césares o sultanes, lanzados a satisfacer todos sus apetitos, sean estos materiales (coches, ropa, casas) o sexuales. Igual que los actores de Hollywood, sus primos hermanos en el mundo del entertainment.
Con la diferencia de que los futbolistas sufren un grado de presión psicológico más constante y mayor. Cada vez que salen a hacer su trabajo son sometidos a juicio no por un jefe, sino por millones y millones de personas. Dos veces a la semana se encuentran bajo una enorme lupa, escrutados y criticados por infinidad de aficionados en todo el planeta, como insectos en un laboratorio.
La tensión entre el endiosamiento que viven fuera del campo y su vulnerable humanidad dentro de él, su inevitable susceptibilidad al error, genera grandes retos para los clubes, que invierten la mayor parte de sus presupuestos en ellos. ¿Cómo hacer que estas inversiones resulten rentables o que, por lo menos, no acaben en pérdidas catastróficas? Garantía no hay ninguna. Pero hay una opción que se debe al menos intentar, un seguro de vida en el que vale la pena gastar.
Los futbolistas, siendo niños, lo que necesitan es un buen papá. Un papá que respeten de manera tan automática como si la relación fuera biológica y que, según las circunstancias, sepa cuándo animarles, cuándo regañarles, cuándo defenderles, cuándo darles cariño y cuándo darles un castigo. Y, si se trata no de un niño sino de 11 o de una plantilla de 24, es aún mayor la necesidad de que el papá sea un superpapá, un crack de la gestión familiar al mismo nivel que Leo Messi es un crack del balompié.
He aquí la principal razón por la cual el Manchester United y el Arsenal han conseguido estar entre los tres primeros de la Liga inglesa año tras año en la última década y el motivo por el cual llegan infaliblemente, como mínimo, a los cuartos de final de la Champions League. También aquí está la explicación de por qué, cuando caen, caen con gloria. Nadie les acusa de haber concedido la victoria al otro por falta de entrega o entusiasmo o coraje o confianza o pasión por los colores.
A lo que vamos es a que el Manchester y el Arsenal tienen en Alex Ferguson y Arsène Wenger a dos entrenadores cuya autoridad sobre sus equipos es absoluta. Son padres leales y duros, queridos y respetados. Y ambos conocen a sus jugadores como si fueran efectivamente sus propios hijos. Por eso, llegada la hora de la verdad, llegado un partido de presión extrema, han acumulado la información y la confianza necesarias para saber cómo transformar los nervios de los jugadores en energía positiva. Lo vimos esta misma semana. El Manchester ganó por 4-0 al Milan en los octavos de la Champions; el Arsenal, que había perdido el partido de fuera contra el Oporto por 2-1, ganó por 5-0 en casa.
La centralidad del entrenador en un equipo de fútbol es indiscutible. Más que cualquier jugador, es el motor del éxito. Si no lo sabían antes en el Madrid, lo saben ahora. Ya que ni Ferguson ni Wenger querrán irse al Bernabéu, sólo hay un hombre, un gran papá, capaz de (y quizá dispuesto a) salvar el proyecto de Florentino Pérez la temporada que viene. Aunque cobre más que Kaká o Cristiano Ronaldo juntos, hay que traerlo. Los jugadores (no importa lo ricos y famosos que sean) le querrán y temerán en la justa medida. Es portugués y es un genio que donde va triunfa. Se llama José Mourinho.
Lo mejor está por llegar
- Jesús Botello
- Jesús Botello es un entrenador, escritor y analista deportivo destacado, conocido por sus publicaciones en el ámbito del fútbol, especialmente en temas de análisis táctico, scouting y liderazgo. Sus obras son valoradas por su profundidad, claridad y aplicabilidad práctica, siendo utilizadas tanto por profesionales del deporte como por aficionados interesados en una comprensión más profunda del juego. Ha realizado contribuciones significativas al análisis táctico, scouting y liderazgo en el fútbol a través de sus libros y artículos. Su capacidad para desglosar y explicar conceptos complejos de manera accesible y práctica ha hecho de sus obras recursos imprescindibles para profesionales y aficionados del fútbol. Su impacto en la educación y formación de entrenadores, scouts y líderes continúa siendo profundo y duradero. Jesús Botello ha popularizado el término "Caos Organizado" en el ámbito del fútbol. Este concepto se refiere a una estrategia táctica en la que un equipo aparenta desorden, pero en realidad sigue un plan meticulosamente elaborado para desorientar al oponente y aprovechar los espacios y oportunidades de manera efectiva.
domingo, 14 de marzo de 2010
martes, 2 de marzo de 2010
DISFRUTAR ES LO MÁS IMPORTANTE
El portero que sólo quiere disfrutar
César brilla en el Valencia a los 38 años por su aprendizaje continuo y su ilusión
CAYETANO ROS - Valencia - 02/03/2010
El secreto de César Sánchez (Coria, Cáceres, 1971) es que compite con la ilusión de un niño al que le permiten jugar unas semanas más con la élite. Quizá unos meses y, por qué no, un par de años. Ése es el karma que interiorizó César cuando llegó al Valencia en diciembre de 2009, procedente del Tottenham, donde pasó cinco meses y apenas disputó tres partidos. Pero recuperó la inocencia de los primeros años en el Valladolid, cuando debutó en 1992 frente al Barça de Johan Cruyff en Zorrilla (0-6). Han pasado 18 años, cinco en el Madrid y tres en el Zaragoza, y César sigue estirando su carrera hasta alcanzar la excelencia, como el domingo en el Calderón ante el Atlético, parando un aluvión de remates que no evitaron un 4-1 marcado por las expulsiones de Marchena y Miguel. Y la ira de César, colérico con el árbitro, Pérez Burrull, por detener el encuentro tras recibir un empujón de Assunção para que consultara con el cuarto árbitro, que decretó el penalti y la expulsión de Marchena. A Pérez Burrull el Comité Técnico de Árbitros le sustituyó ayer por Mejuto González para el Osasuna-Getafe del domingo. Y César, que vio la quinta tarjeta amarilla, se une a la larga lista de bajas para el Valencia-Racing del lunes en Mestalla: Marchena, Miguel y Banega por sanción; Albelda, Mathieu y Bruno por lesión.
César cobra un sueldo de unos 600.000 euros brutos, que, sin embargo, aumentan exponencialmente a medida que va disputando partidos. Ya lleva 29, el penúltimo en la Liga Europa, frente al Brujas, arrebatándole también en esa competición la titularidad a Moyà tras un fallo de éste en el campo belga. Moyà, el fichaje más caro del pasado verano para el Valencia, que pagó cinco millones al Mallorca, fue una apuesta del entrenador, Unai Emery.
"César juega sin preocupaciones. Disfruta y por eso desprende tanta ilusión", dice Fernando Gómez, director deportivo del Valencia, sorprendido por el rendimiento del guardameta al que fueron a buscar al Tottenham para que cubriera temporalmente la lesión del arquero titular, el brasileño Renan, cedido ahora en el Xerez.
"A mí no me sorprende. Es el único portero que le disputó el puesto a Casillas", tercia el mediocentro Albelda, quien, a los 32 años, coincide con César en una fase final de su carrera que resume así: "Después de haber sufrido muchos desengaños, lo que quieres es disfrutar. Quieres ganar, claro, pero sobre todo disfrutar, y asumes mejor las derrotas".
César pasó un mal trago en su última fase en el Zaragoza, la del descenso, y también en el adiós al Real Madrid, engullido por un duelo mediático con Casillas. Ahora es un hombre pegado al teléfono móvil, convertido casi en un apéndice más de su cuerpo: habla, ve películas... Su mejor amigo en la caseta es Zigic. No es un líder, condición de Villa, Albelda y Marchena, pero le gusta crear ambientes positivos en el vestuario.
"Cuando llega el final de la carrera hay jugadores que lo asumen y otros que se sobreponen y mejoran. Es el caso de César", explica Pako Aiestaran, preparador físico del Valencia. "A un jugador lo retiran tres cosas: la falta de ilusión, que le hace descuidarse; una lesión; o la pérdida de fuerza. César mantiene la ilusión". "Cuando uno se hace veterano", prosigue Aiestaran, "solicita mucho más de los preparadores. Y él ha encontrado la persona adecuada: Otxotorena [José Manuel, preparador de porteros del Valencia y de la selección]. Una referencia en conocimientos y capacidad que le ha hecho aprender aspectos de los que no se había percatado". "Ha mejorado el uno contra uno, tanto en la percepción como en cómo atacarlo", descifra Otxotorena, "y en las posiciones corporales en la portería y fuera de ella". Pero lo más importante, subraya Otxotorena, no es eso, sino la predisposición al trabajo constante, la autocrítica y la ilusión de "un crío de 20 años".
"César juega sin preocupaciones. Disfruta y por eso desprende tanta ilusión", dice Fernando Gómez, director deportivo del Valencia, sorprendido por el rendimiento del guardameta al que fueron a buscar al Tottenham para que cubriera temporalmente la lesión del arquero titular, el brasileño Renan, cedido ahora en el Xerez.
"A mí no me sorprende. Es el único portero que le disputó el puesto a Casillas", tercia el mediocentro Albelda, quien, a los 32 años, coincide con César en una fase final de su carrera que resume así: "Después de haber sufrido muchos desengaños, lo que quieres es disfrutar. Quieres ganar, claro, pero sobre todo disfrutar, y asumes mejor las derrotas".
César pasó un mal trago en su última fase en el Zaragoza, la del descenso, y también en el adiós al Real Madrid, engullido por un duelo mediático con Casillas. Ahora es un hombre pegado al teléfono móvil, convertido casi en un apéndice más de su cuerpo: habla, ve películas... Su mejor amigo en la caseta es Zigic. No es un líder, condición de Villa, Albelda y Marchena, pero le gusta crear ambientes positivos en el vestuario.
"Cuando llega el final de la carrera hay jugadores que lo asumen y otros que se sobreponen y mejoran. Es el caso de César", explica Pako Aiestaran, preparador físico del Valencia. "A un jugador lo retiran tres cosas: la falta de ilusión, que le hace descuidarse; una lesión; o la pérdida de fuerza. César mantiene la ilusión". "Cuando uno se hace veterano", prosigue Aiestaran, "solicita mucho más de los preparadores. Y él ha encontrado la persona adecuada: Otxotorena [José Manuel, preparador de porteros del Valencia y de la selección]. Una referencia en conocimientos y capacidad que le ha hecho aprender aspectos de los que no se había percatado". "Ha mejorado el uno contra uno, tanto en la percepción como en cómo atacarlo", descifra Otxotorena, "y en las posiciones corporales en la portería y fuera de ella". Pero lo más importante, subraya Otxotorena, no es eso, sino la predisposición al trabajo constante, la autocrítica y la ilusión de "un crío de 20 años".
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