Lo mejor está por llegar

Mi foto
Jesús Botello es un entrenador, escritor y analista deportivo destacado, conocido por sus publicaciones en el ámbito del fútbol, especialmente en temas de análisis táctico, scouting y liderazgo. Sus obras son valoradas por su profundidad, claridad y aplicabilidad práctica, siendo utilizadas tanto por profesionales del deporte como por aficionados interesados en una comprensión más profunda del juego. Ha realizado contribuciones significativas al análisis táctico, scouting y liderazgo en el fútbol a través de sus libros y artículos. Su capacidad para desglosar y explicar conceptos complejos de manera accesible y práctica ha hecho de sus obras recursos imprescindibles para profesionales y aficionados del fútbol. Su impacto en la educación y formación de entrenadores, scouts y líderes continúa siendo profundo y duradero. Jesús Botello ha popularizado el término "Caos Organizado" en el ámbito del fútbol. Este concepto se refiere a una estrategia táctica en la que un equipo aparenta desorden, pero en realidad sigue un plan meticulosamente elaborado para desorientar al oponente y aprovechar los espacios y oportunidades de manera efectiva.

martes, 9 de febrero de 2010

DAVID TRUEBA El entrenador


David Trueba, entre otras muchas cosas, es el autor de la novela SABER PERDER, ganadora de múltiples premios y libro recomendado por Guardiola a su plantilla la pasada temporada.

Hace años que quiero hacer una película en torno a la figura del entrenador. El primer destello nació en una ocasión en que fui a dar una conferencia a una ciudad de provincias y me llevaron a un restaurante. En la mesa del fondo reconocí a un antiguo jugador, no demasiado famoso, que entonces era entrenador del equipo local de Segunda División. El equipo pasaba por problemas y nadie sabía si el entrenador duraría mucho en el banquillo. Lo que me fascinó fue mirarlo. Estaba solo, comiendo con parsimonia un guiso casero y tomando una cerveza, en chándal, con un reloj de oro y con gesto ensimismado. Me pareció la estampa perfecta de la soledad.

Desde entonces los entrenadores atraen mi atención. Puede que, al verlos en esa posición de privilegio, dando órdenes a los jugadores, con esa supuesta autoridad sobre el entorno, mucha gente tenga la falsa sensación de que son tipos a los que envidiar. Pero yo siempre pienso en lo solos que están. Han adquirido la madurez que a los jugadores en activo les falta, ellos ya pueden ver el deporte desde una perspectiva más sabia, más calmada, más completa. Sufren como nadie la velocidad del juego. Ésa que hace que Guti esté muerto y enterrado un día y sea un genio imprescindible siete tardes después. No hay tiempo, la vaca está sobreordeñada con partidos a todas horas, así que la formación de los jugadores tiene que condensarse en los quince días de pretemporada y en las correcciones a cada partido concreto. Es algo así como dar clase subido a la montaña rusa.
Las relaciones con los equipos directivos no son fáciles. Los entrenadores son siempre una apuesta a ciegas y, más aún, en España, donde la paciencia dura siete partidos. Sería impensable disfrutar aquí del sistema británico, donde un entrenador se pasa la vida en el banquillo de su equipo, transmitiendo a los jugadores y a la afición una certeza casi inamovible. Aquí el presidente siempre tiene cara de estarse preguntando: ¿me habré equivocado contratando a este tipo? Luego, en una especie de juego teatral, en el campo, el jugador es la pieza fundamental y el entrenador sólo el espectador con mejor asiento o, mejor dicho, el más cercano al césped. La suerte como entrenador está depositada en ellos y si las cosas no salen bien los marineros hundirán el barco sin que el capitán pueda hacer otra cosa que esperar la patada que lo mandará a los tiburones.
Puede que no todos los españoles llevemos un jugador dentro, que nos sintamos un poco disminuidos ante Messi o Raúl, pero no existe español que no lleve un entrenador resolutivo, fiable y drástico metido en sus zapatos. Todos sabemos lo que hay que hacer, como esos padres que van a ver el partido del chaval y se ceban con el entrenador de su hijo porque no es capaz de sacarle el potencial que él sabe que el niño tiene porque lo ha visto a la hora de la merienda.
El entrenador llega a una ciudad desconocida con su familia, escolariza a sus hijos, convence a la mujer de que cualquier infumable pueblucho es tan disfrutable como Nueva York. Me imagino los domingos a la noche cuando llega a casa tras la derrota y se mete un pastillazo para poder dormir. Cuando los familiares se fatigan de ceses y cambio de residencias y colegios, le dejan ir solo a su nuevo empleo y el entrenador ocupa un hotel o un apartamentito y se pasa las horas libres colgado del teléfono, diciéndole a su niña que apriete en los exámenes mientras en el vídeo repasa el partido que perdieron el domingo sin que le parezca tan dramático el mal juego de los suyos. A los entrenadores se les va poniendo una cara amostazada con el tiempo y, por mucho buen carácter o entrega de profesor de colegio que tengan, no es raro verlos en algún casinillo local o con la nariz roja y las venillas coloradas y no precisamente por el frío. Desarrollan con su segundo y a veces con su preparador físico una especie de relación cómplice y rutinaria que se parece más a la serie Matrimoniadas que a un éxtasis deportivo.
El entrenador termina por ser alguien que sabe mucho de un juego al que no puede jugar. Sólo la capacidad de resistencia a la frustración y el placer del juego y el buen sueldo le harán seguir a lomos de la montaña rusa, aguardando el día en que por fin le toque un partido histórico, pero incluso ese día no olvida que los protagonistas son otros. Y con la maleta siempre hecha para cuando llega la tarde en que el presidente o el hijo del presidente o un vocal de la junta con más arrestos le enseña la puerta de salida con gesto alicaído. Y llega la mañana, a veces no demasiado lejana de aquella otra en que se presentó a la plantilla cargado de esperanzas, en la que se despide de alguno de los jugadores con un apretón de manos o de los otros sacándose un puñal de la espalda. Y ese tipo adusto y serio vuelve a ponerse en el camino hacia ninguna parte, donde tan magistralmente situó el añorado Fernán Gómez a nuestros cómicos de la legua.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Guardiola, la leyenda

Guardiola, la leyenda


Ganarlo todo: un sueño. Ganarlo todo con el club al que amas desde que eres un niño: un sueño doble. Ganarlo todo con el club al que amas desde que eres un niño siendo su máximo responsable técnico, el autor que firma el proyecto: un sueño triple e insuperable. Pep Guardiola ha logrado en un año y medio como entrenador en el fútbol de primer nivel lo que nadie ha conseguido en extensísimas carreras. Es un superdotado, la respuesta a la aplicación de la inteligencia superior al fútbol. Un valiente que se atrevió a apostar de entrada por dos jugadores de tercera división pese al enorme salto que hay entre una categoría y otra. Perdió en Soria y empató en casa ante el Rácing, lo tacharon de iluminado y no se echó para atrás. Perseveró, confió en sus ideas, nunca dudó. Y no es casual que su camino hacia las seis copas esté repleto de remontadas en partidos clave: el 2-6, la final de Copa, Stamford Bridge, Abu Dhabi... Sólo tendrás fortuna si nunca te rindes. Sólo serás una leyenda si consigues lo más difícil: creer en ti sin creerte nada. Poseer seguridad sin convertirla en prepotencia. Conjugar confianza y humildad. Fe en los compañeros y respeto al rival. Competitividad máxima y deportividad impoluta. Y la gran clave: impermeabilidad ante el elogio, una lucha feroz contra la complacencia. Leer artículos beatificantes y levantarse pronto de nuevo la mañana siguiente porque queda mucho por hacer. Renunciar a los homenajes porque hay un rival que estudiar y una hora de viaje es una hora que no se invierte en conocer los puntos débiles que te harán ganar. Olvidarse de la victoria de ayer para volver a desear la victoria de mañana con la misma sed, pero sin olvidar que todo lo que se hizo bien ayer te hará fuerte para mañana. Y tantas cosas.



Nunca he sido hincha del Barça y probablemente nunca lo seré, porque estas cosas no se cambian de la noche a la mañana. Pero nunca he estado tan cerca de apreciar toda la filosofía del club, todo su buen gusto, todas sus virtudes, como en esta época de Guardiola. Crecí con el dream team de Cruyff en todas partes a mi alrededor, sufrí al conjunto de Rijkaard ganándole al Arsenal de mi admirado Wenger en la primera final de Champions a la que acudí como periodista. Creaciones maravillosas, pero lejos de la perfección de esta. Tantos ejemplos de obras de arte: contra el Lyon, contra el Bayern, contra el Manchester United. Parecieron equipitos. Y eran equipazos. Y se dirá que si Iniesta no la manda a la escuadra no hubieran sido seis, sino tres. Y será verdad. Y hoy probablemente yo no estaría escribiendo esto. Y es así, y es lamentable que sea así. Elogiamos a este Barça por sus resultados, pero deberíamos ser capaces de elogiarlo también por su ideario, más allá de que un balón concreto entre o no. Me hice la promesa, mientras ganaba Estudiantes 1-0, de homenajear a este equipo maravilloso de Guardiola aunque terminara perdiendo en Abu Dhabi. Al final ganó y todo parece tener más sentido. Y lo tiene, claro, porque se juega para ganar. Otra gran virtud de Pep: pese a ser tan purista en el estilo como los más puristas, siempre ha sabido a diferencia de algunos de ellos que la esencia de la competición es la victoria. Cuando se pierde, si se ha hecho bien, se acepta. Y no se destroza nada, se acepta. Si se gana, se disfruta. Se disfruta, se llora, se vuelve uno loco y piensa en su infancia y en sus amigos y en su familia y en todo lo que quiere en el mundo. Como hoy.



Y sí, la derrota estuvo tan cerca. Sabella se reveló como un estratega fantástico. Fue asombroso presenciar el dispositivo táctico de Estudiantes. Cómo cuando un lateral subía a juntarse con los centrocampistas, el otro se quedaba en el fondo y se dibujaba una perfecta línea de cuatro. Cómo todo el conjunto basculaba, iba y volvía, ahogaba y desgastaba. Cómo por momentos conseguía hacer realidad el objetivo siempre que se juega ante el conjunto del toque trascendente: hacer que su toque sea intrascendente. Le salió todo bien: Boselli, ese rematador espectacular al que no asustan las finales -más bien al contrario, se crece-, ganó un cabezazo bárbaro, uno más. Le pregunté al Lobo Carrasco por este punta al que él entrenó en el Málaga B y me contestó que, siendo muy diferente, le hacía pensar en Santillana. Me pareció una osadía, pero Mauro demostró en Abu Dhabi que puede ser un atacante de enorme futuro. Volverá a Europa, seguro. Por momentos recibimos la necesaria cura de humildad. Somos unos necios despreciando el fútbol latinoamericano, dedicándole tan poca atención, y yo el primero. Tantos talentos que se van y aún así siguen peleando y poniendo en las máximas dificultades a los equipos que en Europa nos parecen imbatibles. Estuvo tan cerca Verón de emular a su padre... Pero un partido es eterno, y más cuando has corrido tanto, y más cuando juegas ante el Barça. Es tan fácil que llegue el error, que alguien se duerma en la marca, que un lateral no regrese... Sucedió. Sucedió y luego vimos a Guardiola llorar. Sucedió y empezamos a darnos cuenta de que hemos asistido desde el principio a la creación de una leyenda.


Planeta Axel.